El reportaje recoge el caso de Valentina, una joven de 18 años que trabaja seis días a la semana, doce horas diarias, acomodando mercancía —cortinas, toallas, tazas, envases, flores— en una tienda. Solo tiene una hora libre al día para comer; el resto de la jornada la pasa de pie. Tuvo que dejar sus estudios para poder llevar dinero a su casa, y explicó que, sin trabajar, no tendría cómo mantenerse ni tiempo para estudiar.
A pesar de las extensas jornadas, la paga resulta insuficiente: 180 dólares mensuales, equivalentes a apenas 0,6 dólares por hora, cancelados en bolívares a la tasa oficial del Banco Central de Venezuela (BCV), que suele ir muy por detrás del mercado cambiario paralelo.
Una forma de esclavitud moderna
Valentina trabaja para una cadena de tiendas por departamento que contrata principalmente a jóvenes menores de 25 años, un perfil que encaja con lo que distintos organismos internacionales describen como esclavitud moderna. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha señalado que este tipo de explotación no requiere cadenas físicas: basta con que una persona no pueda rechazar o abandonar un empleo debido a amenazas, coacción o una necesidad económica extrema.
Según la investigación, cumplir 72 horas semanales por un sueldo que no alcanza para la canasta básica —sin margen alguno para el desarrollo personal o la educación— constituye en sí mismo una forma de explotación laboral.
Vale recordar que la Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras (LOTTT) establece en Venezuela un límite de 40 horas semanales y 8 horas diarias de lunes a viernes, además de dos días continuos de descanso remunerado, con jornadas diurnas de 8 horas, nocturnas de 7 y mixtas de 7,5. Sin embargo, en la práctica esta normativa se incumple con frecuencia, como le sucede a Florlinda, otra trabajadora de tienda por departamento que abandonó la universidad para aceptar un empleo con salario mínimo, dos horas extra diarias por encima de lo permitido y un solo día de descanso semanal.
«La necesidad te obliga a aguantar»
Florlinda relató que la pobreza no deja alternativa distinta a aceptar cualquier condición con tal de poner comida en la mesa, mientras cría a su hijo de un año con ayuda de su madre. Situaciones similares se repiten en empresas de distintos rubros en todo el país, especialmente en el sector comercial.
Otra joven contó que recibió una oferta de una tienda de tecnología en Caracas para generar contenido en redes sociales, con jornadas de 12 horas diarias de lunes a sábado y un salario de 400 dólares, también pagado en bolívares a tasa BCV, sin bonos ni beneficios adicionales. La empresa además le exigía contar con transporte propio para llegar puntual a las 8:00 a.m., y le presentaba como un beneficio especial la posibilidad de salir antes algún sábado si ya había terminado sus tareas pendientes.